viernes 5 de diciembre de 2008

El placer de los ojos (de las manos y otras partes que no mencionamos porque sería una falta de respeto)




El siguiente artículo tiene los créditos compartidos con Ivón Schmitt.



El diecisiete de junio de 1972, durante la campaña para las elecciones presidenciales, cinco hombres fueron detenidos en las oficinas del Partido Demócrata en el edificio Watergate, en la ciudad de Washington, en donde pretendían instalar micrófonos y cámaras clandestinos. Poco después de que el presidente Nixon, del Partido Republicano, iniciara su segundo mandato en enero de 1973, un grupo de periodistas que investigaba el incidente descubrió que las personas detenidas habían sido agentes de la CIA y empleados del comité para la reelección de Nixon. Pero no fue hasta julio del mismo año en que se supo que Nixon había grabado en su oficina sus conversaciones acerca del caso Watergate. Tras una larga resistencia, el Presidente se vio obligado a hacer públicas esas conversaciones, las cuales revelaron que él estuvo involucrado directamente en el frustrado allanamiento. Para el verano de 1974, ya era de dominio público que el Congreso pretendía acusar formalmente al Presidente y condenarlo. El nueve de agosto, poco más de dos años después del incidente que dio inicio al escándalo político más grande de la historia estadounidense, el presidente Richard Nixon renunció a su cargo, convirtiéndose en la primera y hasta ahora única dimisión presidencial en la Casa Blanca. 

Todo quedaría ahí, si no fuera por el peculiar seudónimo con que William Mark Felt, por entonces el número dos en el FBI y quien informó al periodista Bob Woodward sobre la participación de Nixon en el escándalo, fue conocido mundialmente hasta hace pocos años, en que su identidad fue revelada. Para el público en general él era “Garganta Profunda”. Es más, a partir de este caso, esta práctica periodística de proveer información de manera anónima o indirecta se conoce con el mismo nombre. Es fácil, entonces, intuir el fenómeno mediático en que se convirtió esta película desde su estreno. Las puertas se abrían para poner en pantalla gigante las fantasías sexuales de las personas. Todos están invitados. 

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Seis días de rodaje, 25 mil dólares de presupuesto y alrededor de 600 millones recaudados hacen de “Garganta Profunda” la película más rentable en la historia del cine. 

Fue estrenada en el mismo momento en que las luchas por la liberación sexual, la igualdad de derechos y los valores contraculturales alcanzaban su punto más álgido, tratando de ganar terreno sobre el pensamiento conservador de la sociedad americana. Incluso el presidente Nixon llevó a cabo una cruzada contra la película y sus creadores. Empezaron las discusiones sobre lo que algunos consideraban una protección de la moral estadounidense y otros, una intolerable práctica de censura y violación de los derechos de los ciudadanos. Las leyes sobre la obscenidad fueron cambiadas y las autoridades locales podían decidir qué era obsceno y qué no, y películas como “Garganta Profunda” fueron requisadas y sus distribuidores demandados. A mediados de la década, Harry Reems, uno de los protagonistas de la película, fue condenado a cinco años de prisión. 

Y si la película dirigida por Gerard Damiano no fue del agrado del gobierno, tampoco lo fue de los movimientos feministas, pues lo consideraban un film degradante que contribuía a hacer más fuerte la visión de la mujer como un simple objeto sexual. Linda Lovelace, que tras la película se convirtió en la primera porno star, protagonizando películas softcore y posando para algunas revistas, conoció a la feminista y activista Andrea Dworkin. Luego de este encuentro, escribió una autobiografía en la que decía que para convencerla de actuar había sido hipnotizada por su ex marido Check Traynor, quien fue quien hizo el contacto con Damiano. 

Sin embargo (y felizmente), la película ha trascendido la barrera que intentó ponerle la sociedad americana. “Garganta Profunda” marcó el comienzo de una gigantesca industria del sexo, que actualmente mueve miles de millones de dólares al año. La pornografía se ha paseado por el cine, la literatura y la música.
 
Reems se metió en el cristianismo.

Linda Lovelace nunca pudo desligarse de su fama de sex symbol. 

Ya sabemos dónde terminó Nixon. 

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En la década de los setenta, los medios de comunicación se dieron cuenta que no eran capaces de manipular la ideología de los receptores. Su público masivo no se encontraba solo en la burguesía, sino que estaba integrado por varios grupos sociales con diferentes intereses. De esta manera, los medios de comunicación se ven obligados a atender algunos de los problemas que aquejan a las clases más bajas. Aparecen en las primeras planas de los diarios, en los programa de televisión y en las películas de cine ideas contrarias a los intereses de la sociedad conservadora. Es a partir de este punto en que empieza a desarrollarse lo que ahora se conoce como la teoría relacionada a los estudios culturales, en donde se dice que los mensajes que los medios transmiten están impregnados por los valores que los grupos producen a partir del contexto histórico y social, pero que el receptor es capaz de reinterpretar, resistirse y hasta crear sus propios valores culturales. Es así que podemos entender cómo es que, a pesar de la fuerte lucha contra la pornografía en los medios masivos de corte conservador, cuando condenaron a Reems las personas en la calle salieron a protestar hasta conseguir la suspensión de la condena. 

Los medios se rendían ante el público que acudía a las salas de cine a ver una película con escenas de sexo explícito en una época en que las únicas imágenes que algo podían sugerir eran las de los documentales educativos sobre la relación de pareja. Lo único que se podía aprender de “Garganta Profunda” eran las distintas que existen de felación. Para que las practiques en casa. La crítica empezó a hablar de la película ya sin intenciones de hundirla; al contrario, lo hacía para alabar sus cualidades, creando la categoría de porno chic. Un artículo al respecto en el New York Times hizo que aumentara el número de espectadores en las salas de cine. Adolescentes arrechos, amas de casa aguantadas, jubilados impotentes, onanistas compulsivos, todos querían ver esta nueva experiencia cinematográfica. No muchas películas porno puedan jactarse de haber sido exhibidas en el Festival de Cannes. 

Los culturalistas concluyen que, a pesar de la relativa independencia en la formación de valores que puede tener el receptor, ningún mensaje está libre de la manipulación de la clase hegemónica. Sin embargo, hay significados alternativos que ponen en duda la ideología dominante. Hasta los setenta, el cine porno estaba confinado al mundo subterráneo. Hacia el 2008, algunos actores filman alrededor de cincuenta películas en un mes, y son comercializadas en bazares y video tiendas. Anda a Blockbuster y compra tu porno, ¡ya!

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A fines de los setenta y comienzo de los ochenta comienza a darse en comunicación lo que se conoce como el imperialismo cultural: el capitalismo, a través del control de los medios, expande su ideología a los países subdesarrollados, propiciando el colonialismo cultural y la pérdida de la identidad nacional. Empiezan a identificarse mensajes con elementos de individualismo, elitismo, racismo, materialismo, agresión, autoritarismo. No hay ningún producto de los medios de comunicación que se salve: ni las series animadas ni, por supuesto, el porno.

Al contrario de películas como “Garganta Profunda”, “Tras la puerta verde” o “El diablo en la señorita Jones” (trilogía de oro en el cine porno que todos los cinéfilos están obligados a tener en su colección) con la llegada de los ochenta y la masificación de la industria sexual, las películas empiezan a volverse repetitivas y aburridas. Se pone de moda un porno estereotipado en el que, por ejemplo, llega el alto y musculoso repartidor de comida (pizza), la mujer rubia de senos grandes lo recibe y lo deja pasar, empiezan a jugar a tocarse, fornican siempre en las mismas poses y él se va (casi siempre sin cobrar por el pedido). El porno de cuatro escenas: sexo oral (la rubia al repartidor), vaginal (la mujer de piernas abiertas mirando a la cámara), anal (variaciones entre el perrito y el cowboy) y eyaculación facial. Es la pauta clásica, básica para cualquier aprendiz de director porno.

Este porno exhibicionista hardcore en el que todo es posible se aleja de la realidad sexual de las personas. El sexo se vuelve privilegio de una elite. Privilegio de las personas con caras bonitas y cuerpos exuberantes. Hacia los noventa, todo el dominio del imperialismo cultural se va acrecentando y empieza la división del mercado. Aparecen géneros como el interracial o el sado, siempre bajo la bandera americana e imponiendo sus gustos al mercado mundial. Aparecen figuras como Silvia Saint, Jenna Jameson, Asia Carrera, entre otros nombres: porno stars que tienen sus propias legiones de fanáticos en casi todos los países del mundo, seguidores de su trabajo como los hay de cualquier actor en Hollywood. Los premios AVN, el Óscar del porno, empiezan a entregarse desde 1984, como símbolo del poder que ejerce la industria. 

Sin embargo, con el fin de los noventa y el deterioro de la política estadounidense y consolidación de las industrias nacionales en varios países, el cine porno cruza la frontera, los océanos y los idiomas. Se llega a conocer que cada país tiene su propia pornografía. Nos vamos alejando de los estereotipos y regresamos a los argumentos elaborados. Un claro ejemplo es el inicio del porno documental, practicado por el director italiano Mario Salieri. En su película “Stavros” (nombre de la persona de quien se habla a lo largo del film), vemos el testimonio de diversas personas que se vieron envueltas en la vida de este singular personaje, alternando escenas de sexo con comerciales falsos, simulando un trabajo periodístico para televisión. 

El Centro de Estudios de las Culturas Contemporáneas de Birmingham calificó a la audiencia como un ente activo en el proceso de la comunicación. En este proceso, la audiencia puede interpretar (o decodificar) los mensajes de tres maneras: una en la que se acepta lo que te están diciendo sin dudarlo, una en la que lo ajustas a tu conveniencia y otra en que lo rechazas sin lugar a réplicas. Se pone de moda el porno casero, las grabaciones clandestinas en hoteles vendidos por Internet. Los espectadores ven en pantalla personas como ellos, de su color de piel, mujeres como las que vemos todos los días en el trabajo o en la universidad, tal vez uno que otro hombre subido de peso, pero son ellos. Son situaciones cotidianas. Es, como dijo alguna vez en una entrevista el antropólogo peruano Jaris Mujica (con una palabra que ni a él ni a nosotros gusta mucho), la “democratización” del sexo. El imperialismo cultural se va debilitando para dar paso a un renacimiento de los estudios culturales, en donde todo es aceptado, todo es transmitido, todos son escuchados y, por supuesto, todo es vendido. 

Mejor a pagar por sexo es venderlo. Hablamos de películas, por favor, no se nos desvíen por otro lado.

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–Aquí no vendemos música.

A nuestro costado, un joven de camisa blanca y anteojos pasaba una tras otra, mecánicamente, las páginas de uno de los catálogos de las películas que la tienda ofrecía a sus ocasionales clientes. La tarde estaba calurosa y las galerías de Polvos Azules demasiado movidas para ser febrero. Los vendedores corrían de una tienda a otra, cargando su mercadería. El tránsito era difícil y el ambiente asfixiante. Cada pasillo con su rubro de vendedores: ropa, calzado, licores, películas, series de televisión, celulares, juegos de video. Y si caminas de frente esquivando a los jaladores que te ofrecen oferta dos por uno en lencería, llegas a la escalera del fondo y subes al segundo piso, te encontrarás parado en frente del mito urbano más conocido en colegios, universidades y oficinas: el pasillo 17, pornografía en todos los colores y sabores que te puedas imaginar. En Lima, el 17 se ha convertido en el número sexual más representativo después del 69.

–Aquí no vendemos música –nos dijo un señor calvo y de mirada esquiva, suponiendo que estos dos jóvenes se habían confundido de stand. 

–Lo sabemos: estamos buscando porno.

Todavía siendo observados con algo de desconfianza, y ya en otra tienda, las cajas de las películas se nos aparecían como rápidas imágenes de fantasías que muchos de nosotros nunca, jamás de los jamases, llegaremos a cumplir ni en el más húmedo de nuestros sueños. A la izquierda Tarzan X y parodias sexuales de El exorcista y de El señor de los anillos; a la derecha, mujeres encadenadas y secretarias en microfalda; en la vitrina del frente, las películas clásicas, que incluyen la colección de la Cicciolina y de Emmanuelle, y las grabaciones nacionales, desde los hoteles en Lima en donde los protagonista de turno no tienen el buen gusto de quitarse las medias hasta una película de Iquitos en donde una charapa rolluda es follada por un mototaxista y su amigo. Escolares siliconeadas, con disfraces, monjas, en un barco, en una capilla, seis contra una, con animales o (últimamente) con máquinas, con o sin argumento, toda una gama del más selecto cine porno al gusto de los consumidores. 

–Estas de acá son para ver en pareja.

A nuestra derecha, un tipo bajo y delgado, con peinado raya al costado y camisa blanca bien planchada, con cara de haber sido el nerd de su clase, no dejaba de mirarnos de reojo. ¿Acaso es raro revisar los argumentos de las películas porno antes de comprarlas? Al otro costado, un señor alto y medio gordo, parecido a un muñeco de fiesta infantil, colorado y con nariz de borracho, revisaba un catálogo de porno casero. En todo el pasaje las personas eran de uno de estos tipos. No había mujeres. 

Revisamos la lista de películas en casi todas las tiendas, pero no encontramos mucha diferencia. Como rompíamos con el perfil de consumidores de pornografía, no pudimos evitar sentirnos incómodos cuando todos los vendedores nos clavaban los ojos mientras caminábamos. Salvo en una tienda en la que hablamos con voz fuerte y sin pausa, en ninguna nos invitaron a pasar. Adentro podíamos mover los discos, elegir sin miedo a ser juzgados qué queríamos llevarnos. Decisión difícil, por cierto, pues al contrario de las tiendas de videos para todas las edades, acá no hay televisores en donde puedas ver un fragmento de la película (o de alguno de los protagonistas). Así que, tentando nuestra suerte, volvemos a casa tras una larga y cansada travesía por los pasillos de Polvos Azules, con cuatro discos para ver y analizar. Sí, analizar también, porque, si se han olvidado, el cine porno también es una forma de expresión, una forma de entender la comunicación social. No podemos negar que también tenemos muchas ganas de ver porno, pero es por amor al arte, por si acaso. No sean mal pensados.