Puedo escuchar perfectamente el sonido de sus botas contra el suelo de mi habitación, pero me es imposible voltear la cabeza para verlo de frente a los ojos. Mi brazo está agotado. El sudor se impregna en la hoja con cualquier movimiento de mi mano. (Cuando César salió de Viena, los dragones ya habían comenzado a peregrinar con dirección a las montañas del oriente asiático. Las almas de los caballeros muertos, sin embargo, aún vagaban por los alrededores de la ciudad, y no era raro encontrárselas intentando entrar a los burdeles o pedir cerveza en las tabernas, sin mucho éxito). Escribo porque es lo único que me queda. Tal vez sea la única forma de salvarme, y de paso a otras personas a las que el mismo sonido de sus botas contra el suelo puede asolar sin misericordia. (A pesar de todo, Viena se estaba volviendo una próspera ciudad. Los ingresos extraoficiales, casi siempre provenientes del contrabando y del cupo que los nuevos músicos tenían que pagar a la mafia comandada por Su Majestad, la volvían una fuerte candidata para dominar el comercio internacional. Incluso Su Santidad estaba convenientemente inspirado para tener presente en sus oraciones a tan amable ciudad, cuyos nobles caballeros habían dado con tanta valentía su vida en la lucha contra los dragones). Los gritos de mi esposa han cesado. Por fin está descansando. Se lo merece. Ya sufrió mucho por esta noche. ¿Quién será la persona que, mañana por la tarde, tenga que levantar su cuerpo pálido y le limpie la sangre de sus piernas cuando yo ya me haya desvanecido? Me echarán la culpa, seguro. (César, valgan verdades, fue el primero en hacerle frente a los dragones. El resto de caballeros fueron simples escuderos mandados por sus amos a destruir la amenaza que rondaba sus preciadas posesiones. Ahora, cuando ya todo había terminado, César partía en dirección contraria a los dragones, sabiendo que se encontraría con ellos en algún punto al otro lado del mundo. Cuando llegue ese día, las cosas cambiarían drásticamente). En el preciso instante en que termine, mi cuerpo al fin desaparecerá. Esta hoja de papel es la respuesta. Pobre de aquel que logre descifrarla. Pobres los caballeros, los dragones y las personas que intenten saber qué ocurre más allá de sus ojos. Hay cosas en las que, simplemente, uno no debe meterse. (El día en que César volvió a encontrarse con los dragones, muy cerca de la ciudad de Cartagena de Indias, desplegó sus alas y voló con ellos. Y, como tenía que ser, fue aniquilado por nuevos caballeros. Los nuevos hijos de Dios destruyendo, como siempre, la obra de la hechicería, la única que salvará a la humanidad del fuego de la gloria eterna).
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