
A la inversa del monólogo del ambicioso y sibilino Duque de Gloucester, con esta obra, Contemplación de las estaciones, “ya el verano de nuestro descontento se ha vuelto invierno esplendoroso por este hijo de York”.
Del mismo modo que este malvado fascinante, quien coronado se dio en llamar Ricardo III, y que exhibe complacido una deliciosa y arrogante conciencia de su propia villanía, Juan Pablo Bustamante ha decidido probarnos que también él “aborrece los plácidos placeres de estos días”, que felizmente ya culminan, en esa “tranquilidad en doble función continuada” y que el objeto de su odio es el verano.
Contra él, lo mismo que Ricardo contra su propia familia, nuestro autor urde intrigas, “discrepa de febrero y de su agua intencionada y callejera”, comete traiciones y las denuncia, asesina o ordena asesinatos (“oficialmente declaro / que ante cualquier signo de inocencia / o incoherencia climática / la persona implicada deberá ser ejecutada en el acto / o puesta en mis manos / para limpiar con su sangre / las modestas paredes de mi hogar”), sacrifica a sus íntimos, “prohíbe la entrada al sol”, y ve hacerse hielo su mundo, presa de su propio furor.
Como se sabe, es propósito de todo creador conseguir con su obra la cuadratura del círculo. Ese cometido – aparentemente imposible – lo hemos logrado los escritores, que concebimos poemas, cuentos y novelas circulares en un texto de cuadrilátero formato. En Contemplación de las estaciones, sin embargo, nos desafía un inteligente despliegue de los textos de Bustamante, una inédita variación de ese propósito.
Aparentemente, en su libro nos falta la estación solar por excelencia, el verano. De allí que un lector poco avisado podría decir que Bustamante falló en su propósito. Sin embargo, esto no es verdad. El verano está allí, en el íntimo discurrir de los versos del poeta, como “la silenciosa luz” que “carcome la noche en las mesas”, como una presencia permanente, inquietante y ausente al mismo tiempo, que asfixia con su inexistencia, con su afantasmado quehacer. No está para ser celebrado, sino para ser rechazado.
En efecto, así como el mal omnipresente que nadie nombra, o el dictador al que todos temen y que obedecen incluso mucho después de su muerte, el verano serpentea, reptil, entre los poemas de Bustamante. El comportamiento de la estación estival, para Bustamante, es el de una caprichosa mujer, o, lo que para todos los efectos es lo mismo, una ola: se va, pero (oh desdicha nuestra) siempre vuelve.
De este modo, en sus logrados (y por ende, redondos) textos, Bustamante nos da una nueva idea del texto circular.
Por lo dicho, Contemplación de las estaciones un ajuste de cuentas con el verano. En ese orden de ideas, nuestro autor asume la voz de todos los que no quieren someterse a su tiranía de vestidos breves y pieles tostadas por el sol: “nosotros, los amantes del clima invernal y las ropas oscuras, no le reconocemos mérito a una piel bronceada”.
Es la voz de los que no tienen voz, de esa heroica y aparente minoría que halla en el invierno consuelo, abrigo y, cosa paradójica, un calor que vivifica y cobija. Pero lanza en sus versos una severa advertencia al estío y sus adoradores, como en otro tiempo y por otras causas escribiera el poeta cubano Heberto Padilla su libro Fuera del juego (1968) el maravilloso poema Para escribir en el álbum de un tirano:
“Protégete de los vacilantes,
porque un día sabrán lo que no quieren.
Protégete de los balbucientes,
de Juan-el-gago, Pedro-el-mudo,
porque descubrirán un día su voz fuerte.
Protégete de los tímidos y los apabullados,
porque un día dejarán de ponerse de pie cuando entres”.
Ahora bien, debemos decir que Contemplación de las estaciones es, sobre todo, un homenaje al invierno como ser total. Sigue así la senda de Jorge Eduardo Eielson, que en su poema Oda al invierno, que forma parte de su libro Reinos (1945) escribiera:
“Respetad al invierno, la antigüedad de sus plantas,
su cetro de rocío en la espesura;
respetad los rostros eternos de los árboles y el viento en su dominio,
cuando cesa todo en torno y él se inclina, carcomido y sonoro,
como un piano en un estanque o como un muerto en una tumba”.
En esa senda fría, Bustamante dice:
“El invierno te da el poder necesario
para traerte abajo los edificios.
Te hace subir a las nubes
y te da la oportunidad de orinarle la boca al sol”.
También sigue al magnífico y torturado poeta galés Dylan Thomas, quien escribe:
“Conocía el mensaje del invierno,
los dardos del granizo y la nieve pueril
y el viento era mi hermana pretendiente;
en mí saltaba el viento, el rocío infernal;
y mis venas fluían con los climas de oriente;
antes que me engendraran supe el día y la noche”
Cuando nuestro poeta nos dice que no quiere sentir la presencia del fuego insoportable del que lo salva el invierno, se transforma así en “el taciturno que llegó de lejos envuelto en lluvia fría y en campanas” del que escribiera el poeta de la casa de Isla Negra. Como él, debe a la muerte pura de la tierra, que es el invierno, la voluntad de sus germinaciones.
Y como Octavio Paz, Bustamante es un saqueador de estaciones, que juega con los meses y los años, asesina crepúsculos para que tiñan con su sangre nubes blancas.
Nos lleva, de esta manera, a un ukase terminante: “nadie puede contra la magna tiranía del invierno. Es la única dictadura que trabaja por la felicidad de su pueblo”. Y como Paz, rapta a la primavera, esa “ramera con cara de virgen” para tenerla en casa, como una bailarina. De otro lado, si el secreto de la felicidad está en vivir lo más alejado posible del sol, entonces el invierno es, al decir de Antonio Cisneros, el aire de Ayacucho, un aire lila y helado.
Finalmente, debo darle a Bustamante un consejo en forma del soneto del poeta checo Reiner María Rilke, II, XIII, de Sonetos a Orfeo.
“Precede a toda despedida como si estuviera
tras de ti, como el invierno que se marcha ahora.
Pues hay entre los inviernos uno tan interminable
que si lo sobrepasas, tu corazón al fin resistirá”.
Y en este homenaje a la estación helada y sin hojas, concluiremos parafraseando el poema sin título del libro Extracción de la piedra de la locura de Alejandra Pizarnik, y de Bustamante diremos “en ti es de invierno. Pronto asistirás al animoso encabritarse del animal que eres. Corazón del invierno, habla”.
Muchas gracias.
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1 comentarios:
Muchas felicidades.
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