lunes 30 de agosto de 2010

Documental "El Banderas del porno"


Texto tomado de PecadoCarnal.com:

Siempre pensé que la escuadra española en lo que a porno se refiere estaba capitaneada por Nacho Vidal o Toni Ribas entre otros, pero para desinformación mía actualmente en los E.E.U.U es Marco Banderas, un polifacetico actor de origen uruguayo, el que se ha ganado un hueco en la meca del porno y al que yo recuerdo vez gracias a un reportaje que hicieron los medios de el hablando de un videoclip musical titulado The Porn Life y donde demuestra sus dotes como cantante (su vocación frustrada).

Llegó al porno por casualidad y después de 3000 películas y 6.000 mujeres está considerado uno de los cinco mejores actores de San Fernando Valley, entre otras razones gracias a que es capaz de eyacular 16 veces en una tarde. Cabe reseñar que Marco llegó a USA sin hablar ni una palabra de inglés y como el mismo cuenta a modo de anecdota en su primera película tuvo que repetir la misma frase, “I’m Marco”, durante cinco escenas con cinco protagonistas, todas el mismo día”.

Todos estos datos los revela el actor en el documental “El Banderas del Porno” que como ya adelantarán hace tiempo desde MilkyWay

“fué a raíz de la primera toma de contacto con Marco Banderas en el documental “¡Vente a Las Vegas, nena!” dedicado a Rebeca Linares, “el equipo de producción quedó tan sorprendido e impactado por la carrera de Marco, su versatilidad y su personalidad, que decidió regresar meses más tarde para hacerlo protagonista absoluto de un documental similar”.

Durante 45 minutos el actor va mostrandonos su quehacer diario, sus rodajes, su relación de pareja con una actriz y productora, su pasado, sus frustraciones y joyitas tales como…

“Estoy en Los Ángeles representando a los españoles y dejando el pabellón bien alto, del mismo modo que han entrado Antonio Banderas, Penélope Cruz y Pedro Almodóvar en el cine convencional americano, yo estoy representando a España, y muy bien, en el porno”.

En el documental también podemos ver las diversas opiniones de directores o prodcutors sobre Marco, destacando la que realiza su ex-agente de L.A. Direct Models (la agencia de actores porno más importante de Estados Unidos), “Banderas tiene un talento especial, su habilidad para interpretar sexo ante la cámara sobrepasa probablemente cualquier cosa que yo haya visto, tiene un don de la naturaleza”.

En definitiva os recomiendo que os acomodeís en vuestro sillón y disfruteís de 45 minutos de documental desde una perspectiva bien diferente a lo que estamos acostumbrados a ver y donde se nos muestra una imagen alejada del esteriotipo de pornstar encontrandonos con una persona entrañable que ha luchado por alcanzar sus metas…

PD. Esa sonrisa de anuncio le ha costado $25,000






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martes 3 de agosto de 2010

Versiones animadas de cómics

Metiendo una cámara indiscreta a un evento sobre cómics grabé esto.







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lunes 2 de agosto de 2010

Procesión

Los habitantes del pueblo sabían que el infierno no era precisamente el que les pintaba el cura los domingos antes del desayuno. El infierno daba vueltas a su alrededor, los llamaba con música y bailes. El infierno era una costumbre, una forma de vivir. La única forma que les quedaba de vivir. El infierno sonreía en cada rayo del sol, en cada sombra de la luna, en cada gota de lluvia, en cada hoja de árbol. Las paredes de las casas eran de infierno. Las mesas, las sillas, las camas eran de infierno. Comían y bebían infierno. Y creían en una sola cosa: en el infierno. Ellos mismos eran el infierno.


Las casas parecían arrastrar el destino de todo un pueblo condenado al sufrimiento. Las fachadas maltratadas y siempre en silencio. Un silencio que consumía la poca vida que daban las personas en los autobuses que de vez en cuando llegaban a hacer una parada en el pueblo para descansar. Rara vez se quedaban ahí más de una o dos horas. A menos que el bus necesite reparación. Y esta era una de esas veces.

El hospedaje a donde llegaron Alberto y Sofía tenía un crucifijo de madera clavado frente a la recepción y apenas cubierto con una manta negra. Cuando Sofía lo vio volteó rápidamente la mirada: las imágenes santas le ocasionaban pesadillas. Esperaron a que llegue el recepcionista. A Alberto le parecía extraño ver esa imagen en un hospedaje. Pensaba que, en vez de llamar a los huéspedes, los ahuyentaría. Pero en verdad mucho no le importaba. El dueño sabrá lo que hace, pensó. No se daba cuenta de la incomodidad de Sofía. A los diez minutos apareció un hombre de unos treinta años con un carácter muy amable, vestido con unos jeans, un polo y una gorra. Los registró en un cuaderno vacío que, supusieron, era nuevo y los llevó a su habitación: un cuarto con cama matrimonial y dos frazadas encima, una mesa de noche y baño propio.

–No funciona el agua caliente –dijo el hombre que los había registrado mientras encendía las luces–. La terma está malograda.

–No se preocupe –respondió Alberto–. Mejor díganos si hay un lugar en donde podamos comer algo y algún sitio en el pueblo donde podamos ir a dar unas vueltas.

–Si desean comer pueden hacerlo en el restaurante de Carmen, acá al frente. Pero no les recomiendo que vayan a pasear por el pueblo. Ya es muy tarde. Mejor lo hacen mañana temprano con más tranquilidad. A esta hora no hay muchas cosas que ver –dijo mientras le entregaba la llave de la habitación a Alberto–. Si necesitan algo, mi nombre es Óscar y estoy para servirles. Buenas noches.

Se despidió con una sonrisa. Sofía, quien no había abierto la boca desde que había bajado del bus que los trajo al pueblo, se dio cuenta que Óscar tenía un diente de oro, que solo se notaba cuando sonreía.

–¿Vamos a comer de una vez? –preguntó Alberto.

Sofía asintió sin decir una palabra. Dejaron su equipaje cerrado, echaron llave a su habitación y se dirigieron al restaurante de Carmen. Alberto aún no se daba cuenta de la incomodidad de Sofía.


–Todavía es temprano, podemos ir a dar una vuelta. Tal vez sí encontramos algo interesante. ¿Qué te parece?

Sofía seguía callada. Pensaba en cómo brillaba el diente de Óscar cuando sonreía. Esa extraña luz que parecía servir de guía para algo que no lograba entender. Brilla como el cirio de un sacerdote, pensaba Sofía.

–Vamos de una vez –insistió Alberto–, antes que se haga más tarde.

Alberto pagó la cuenta y ambos se levantaron de la mesa. Caminaron con dirección a la plaza del pueblo.

–¡Mira la luna, Sofía! ¡Está sonriendo!

–Como si estuviera feliz –dijo Sofía con los ojos fijos en el brillo pálido de la luna. Brilla como el cirio de un sacerdote, pensó y volvió a quedarse callada.

El silencio se iba abriendo en un ritmo oscuro y atractivo que ni Alberto ni Sofía habían sentido antes.

–¿Escuchas?

Se podía distinguir el sonido de unos instrumentos y voces llevado por el viento.

–Debe ser una procesión o algo así. Creo que está a la entrada del pueblo. Parece que Óscar no nos supo informar bien. ¿Vamos a ver?

Alberto y Sofía se dirigieron a la entrada del pueblo y encontraron a la procesión que estaba saliendo. A Alberto le pareció extraño que, si bien llevaban puestos trajes típicos de la región, estos eran oscuros, totalmente diferentes a los que se ven en los documentales, donde la gente va vestida de varios colores y se divierte dando saltos y cantando al ritmo alegre de un arpa, trompetas o un bombo. La música que entonaba la banda era, más bien, lúgubre, al igual que las voces que la acompañaban en un dialecto desconocido para ellos. Los danzantes realizaban movimientos lentos, pero con fuerza, estirando los brazos y cayendo contra el suelo, haciendo ademán de tristeza.

La procesión seguía su camino y Alberto y Sofía la miraban parados desde una esquina. Las casas que iban dejando atrás se iban iluminando de un color que parecía fuego mismo.

–Vamos a ver más de cerca –le dijo Alberto a Sofía, agarrándola de la mano y empezando a caminar.

Se mezclaron entre las personas. Veían cómo los danzantes se movían, cómo eran envueltos por la música y atraídos por las voces que parecían llamarlos. En medio de la procesión había un anda cargada por ocho personas, dos a cada extremo. Encima de ella estaba el crucifijo que habían visto en el hospedaje, siempre cubierto con la manta negra. Frente al anda, un hombre vestido como si fuera un sacerdote sostenía un cirio en la mano. Los miró y sonrió. El brillo de su diente de oro se mezclaba con el del cirio y el de la luna pálida, que alumbraba tétricamente a todo el pueblo.

Alberto y Sofía se vieron rodeados de los danzantes, y se fijaron que a unos les faltaban dedos en la mano, a otros pies, uno tenía la mitad del rostro en carne viva y otro estaba casi en los puros huesos. Los músicos tocaban más fuerte mientras todo el grupo era rodeado por una densa neblina. Óscar alzó el cirio hacia el anda y los que la cargaban la dejaron caer. El crucifijo quedó destrozado ante los ojos de Alberto y Sofía, que se agarraban fuertemente el uno de la mano del otro. Óscar se les acercó mientras todos desaparecían tras la neblina.

Lo último que se escuchó en el pueblo fue el grito de Sofía retumbando en los cerros.



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domingo 1 de agosto de 2010

ataúd



Uno se acostumbra a dejar de dormir.
Se acostumbra a la oscuridad de los ronquidos
en las habitaciones vecinas.
Uno se acostumbra a todo en esta vida,
menos a una cosa: a la muerte.
No tu muerte, eso es lo más fácil de aceptar
(después de todo, una vez cerrados los ojos,
ya no hay nada en qué pensar),
sino la muerte de, precisamente,
la gente en las habitaciones vecinas.
Anoche, como ya es obvio, tenía insomnio.
Me levanté de mi cama y di varias vueltas en mi cuarto
sin hacer nada en especial:
no encendí la computadora,
no me acerqué a la ventana,
no agarré ningún libro,
ni siquiera encendí la luz.
En silencio, salí de mi cuarto y revisé el de mis padres.
Mamá veía televisión. Papá estaba durmiendo.
Todo en orden, cambio y fuera.
Regresé a mi habitación y volví a echarme.
Pasaron tres horas en dos segundos y me levanté de nuevo.
Fui otra vez a ver a mis padres.
Mis gritos no inmutaron a mi mamá,
que seguía viendo en la televisión alguna película
con Richard Gere (era él, estoy seguro):
la cama de mi papá había desaparecido y en su lugar
un ataúd alumbrado tenuemente por cuatro velas
(clásica imagen de terror)
lo albergaba en su interior.
En ese momento me di cuenta
que en algún momento de la noche
me había quedado dormido y,
puta madre,
estaba soñando.
Sentí la desesperación en mi cabeza
y me golpeé una y otra y otra vez contra la pared.
Creo que mi mamá nunca se percató de mi presencia.
Corrí desde su cuarto por el pasadizo
gritando y agarrándome con fuerza el rostro
hasta aventarme por la ventana (vivo en un segundo piso)
con la intención más clara que he tenido nunca en mi vida
(ni despierto ni dormido):
estaba completamente seguro que lo único que quería
era estar muerto.
La caída fue rápida.
El golpe no fue tan duro,
aunque el colchón de mi cama ya esté viejo.
Me levanté e intenté encender la luz.
No funcionaba:
había pasado de un sueño a otro.
Me acosté de nuevo e intenté dormir
para que cuando me despierte
(me despierte del todo de una maldita vez)
le diga a papá que él anoche estuvo muerto
y que yo me suicidé.
Y que, por favor, me haga un café con dos de azúcar.



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coche bomba



Anoche me bajé del micro en la cuarenta de la Arequipa
y caminaba tranquilo, bien happy de la vida, rumbo a mi casa.
(Ahora que recuerdo bien, tenía preocupación en el pecho
a la altura del brazo izquierdo).
De repente, cruzando Petit Thouars,
desde una calle que desconocía,
sentí el calor intenso del dolor inevitable:
un carro ardía en llamas
y los brazos de un pobre niño
(pobre,
tenía una bolsa con chocolates
y cicatrices en las manos)
giraban ante mis ojos.
Las luces de las ambulancias empezaron a correr
una tras otra por la Vía Expresa.
Yo, cobarde, corría desesperadamente para llegar a mi casa
cuando de pronto, a media cuadra de otra calle desconocida,
¡bum!, otra explosión
y un hombre con camisa blanca se partía a la mitad,
otra vez ante mis ojos.
Con mucho más miedo, desvié mi camino,
creyendo que así me alejaría de aquel peligro.
Llegué finalmente a la Vía Expresa
para darme cuenta de dos cosas
en las que no había pensado:
la primera era que, al desviarme del camino,
no tenía ningún puente a la mano
para poder llegar al otro lado del río;
la segunda era que, volteara por donde volteara,
interminables carros ardían
como si al infierno se le hubiera ocurrido subir
a ver qué se trae de nuevo el mundo.
Camino cautelosamente,
y desconfiando de todos los carros estacionados,
las cuadras que me faltan para llegar al puente
que me lleva de frente a mi casa.
Lo consigo. Lo cruzo. Llego a mi puerta. Entro.
Encuentro a mi papá, tranquilo,
como si con él no fuera la cosa o la ciudad.
Después de todo, a él nunca le gustó Lima.
Cuando, oh sorpresa, me suelta la peor de las noticias:
mi mamá ha salido, ¿algún recado?
Mi papá se va acostar.
Yo voy a mi cuarto,
que se ha convertido en el centro de operaciones
de no sé qué movimiento al que no sé cómo pertenezco.
Las computadoras rastrean: el enemigo está cerca.
Obvio, microbio: la Vía Expresa, la Arequipa, Angamos,
toda la maldita ciudad está ardiendo
por culpa de esa invasión de coches bomba.
Y yo, angustiado frente a una computadora
que ni los monstruos de IDAT podrían imaginarse,
solo espero que mi enamorada esté segura en su casa
(por una extraña razón, no puedo comunicarme con ella)
y que mi mamá entre en cualquier momento
por la puerta de la casa
y me diga lo que hace rato que ya sé,
que todo esto es un maldito sueño,
que no hay nada de malo en soñar con coches bomba
pero que igual, por si acaso,
le cuentas a alguien de confianza mañana,
a ver qué te dice, y que ya me vaya a dormir
que ya es muy tarde para andar despierto a mi edad.



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